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Deseos y esperanzas

CONCLUSIONES, DESEOS Y ESPERANZAS DEL CAPITULO GENERAL 2012

 

I – Nacidas en la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo, nuestra forma de vida y de misión es “de observar el Santo Evangelio de Jesús Cristo viviendo en obediencia, pobreza y castidad, siguiendo a Jesús Cristo a ejemplo de San Francisco”, siendo testigos e instrumentos de unidad y de comunión (cf. Constitución Fundamental).

Esto nos compromete a:

Crecer en nuestra identidad franciscana y a hacerla visible por los que somos y por lo que queremos vivir: la unión y la comunión.

 

II – Como Jesús Cristo que vino para dar la vida y darla en abundancia, el Padre nos llama, nos consagra y nos envía para continuar su misión de salvación (cf. Const. Misión y vida, Enviadas por el Padre).

Esto nos compromete a:

Arriesgar caminos nuevos, como Francisco y Madre Louise, allí donde el Evangelio y los necesidades de nuestros hermanos y hermanas nos conduzcan.

 

III – Nuestra vida fraterna nace de la comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (cf. Const. Misión y Vida, Nuestra vida fraterna).

Esto nos compromete a:

Abrir nuestras fraternidades a la interculturalidad percibida como una gracia.

 

IV – Somos una Congregación internacional. La formación es inculturada y tiene en cuenta la Tradición y la Cultura de la Congregación (cf. Const. Las Personas: Itinerario formativo).

Esto nos compromete a:

Ponernos en marcha por medio de una formación solida y permanente en todas las dimensiones de nuestro ser.

 

V – La solidaridad congregacional a todos los niveles, nos compromete a vivir la disponibilidad, el espíritu de itinerancia y la gracia de la fraternidad internacional e intercultural (cf. Const. Estructuras de Gobierno y de Administración).

Esto nos compromete a:

Acoger el cambio de estructuras, porque es: una puerta abierta a la vida y a la misión.

 

FRANCISCANAS MISIONERAS DE NUESTRA SEÑORA, testigos y constructoras de comunión, tomemos como modelo a la Santísima Virgen María, a quien San Francisco veneraba con un amor particular. Sigamos el ejemplo de la Inmaculada, que se llamo a si misma la Sierva del Señor (cf. Regla y Vida, 4, 17).